Cae la noche y la secretaria, enfundada en un ceñido vestido negro, entra en el despacho del director general. Su mirada se desliza como seda y una leve sonrisa le curva los labios, con una provocación velada. Fuera parpadean los neones; dentro, la luz es cálida. Avanza con pasos gráciles, sus dedos rozan los documentos y un aroma tenue flota en el aire. Su presencia es una tentación cuidadosamente orquestada que despierta en el protagonista un deseo silencioso. Cada gesto suyo destila la elegancia de una mujer madura, imposible de resistir.