De noche, la reina convoca en secreto al maestro en su cámara para «admirar el tesoro nacional». En el instante en que cae el cerrojo, el supuesto tesoro ya no es un objeto inerte: solo está ella. El maestro alega haber renunciado al mundo y retrocede paso a paso, pero su corazón cede pulgada a pulgada entre la luz de las velas y la gasa tenue: el cinturón que cae en sus manos, un beso ante el lecho, la corona que rueda sin dueño. Ella le pregunta: ¿entras? Si entras, ya no serás maestro; si no entras, la puerta ya está muerta. En una sola noche, los preceptos y el deseo se enfrentan cuerpo a cuerpo. El reino ante sus ojos, Buda a su espalda: ¿podrá aún salir de allí?